Los pies humanos son una obra maestra de ingeniería evolutiva. Un "montón" de pequeños huesecillos (nada menos que 26), enlazados con ligamentos, tendones y músculos, con una forma muy peculiar con diversos arcos móviles que permiten soportar todo el peso del cuerpo. Junto a los pies, de forma sinérgica, hay que considerar el funcionamiento de los tobillos. Dividir, separar... a nivel conceptual está muy bien y puede ser útil, pero el cuerpo funciona como un todo y el funcionamiento del pie-tobillo es totalmente interdependiente. Pero no sólo soportan en peso, sino que lo soportan de forma dinámica, cuando caminamos, corremos o saltamos, debido a la inercia, el impacto peso del cuerpo se multiplica y además de forma repetida. Además, no están "diseñados" para moverse en una superficie totalmente plana como la que hemos creado los humanos (calzadas, escalones...), sino que se adaptan a las irregularidades del terreno: cuestas, rampas laterales, piedras... Basta ver algún video de algún corredor de montaña desplazándose por una arista de roca e imaginarse cómo el pie va variando y adaptándose al terreno.
Pero no sólo eso, además los pies están dotados de múltiples terminaciones nerviosas, en concreto, parece ser que los pies tienen más terminaciones por cm. cuadrado que cualquier otra parte del cuerpo, en concreto unas 7.000. De ahí que sean tan sensibles, por ejemplo, a las cosquillas, o que diversas tradiciones, con base más o menos científica, nos hablen de reflexología podal, de puntos de energía, de puntos de acupuntura...
De todo ello, resulta bastante coherente que nuestros antepasados buscasen formas de proteger los pies, del frío, de las rugosidades, de las piedras y plantas cortantes o punzantes. De ahí nace el calzado. Pero, después de milenios de evolución ¿A qué nos ha llevado la cultura humana en cuanto al uso y diseño del calzado?
De la horma.
Si observamos los pies de un niño o de una persona que nunca haya llevado calzado, comprobaremos que tienen, en general, forma triangular con un vértice en el talón y los otros dos en el dedo gordo y el dedo el dedo pequeño. Los dedos del pie se abren como un abanico, dejando espacio entre cada uno de los dedos permitiendo así que todos colaboren en la trasferencia de peso al, por ejemplo, caminar. Los humanos, que por algo nos autodenominamos "sapiens" y somos inteligentes, diseñamos nuestros zapatos creando un triángulo pero al revés, la tendencia que el zapato acabe hacia adelante en forma de embudo. Supongo que cuando tienes que "crear" algo para calzarte utilizando medios naturales lo más sencillo es hacer una especie de cono con el material que se trate y después arreglar el resto.
Mientras que el material era blando, no tenía por qué crear muchos problemas, pero a medida que utilizamos materiales más sólidos al final aprisionamos nuestros pies en una horma contraria a su tendencia natural. Encontramos "la horma de nuestro zapato" pero que, realmente, va en contra de la tendencia natural del pié. Además, por un tema cultural, muchos de nosotros tenemos tendencia a elegir la talla más pequeña que podemos tolerar pues, se supone que, un pié pequeño es más bonito que un pié grande.
¿Consecuencias a largo plazo? Son fáciles de adivinar: juanetes, dedos montados unos sobre otros, dedos en "martillo" que han perdido la función de sus últimas articulaciones, dolores.. y a nivel funcional: cambio en la dinámica de la pisada, en la distribución del peso... Todo ello, además de afectar al pié, puede afectar a la dinámica de todo el aparato locomotor: una pequeña variación del ángulo del pie, afecta a la rodilla, a la cadera, a la columna... Esto, aisladamente, puede que no tenga ninguna trascendencia, pero una pequeña desviación del alineamiento repetido durante millones de pasos que damos en nuestra vida, puede ocasionar problemas en el lugar más inesperado.
Del tacón.
Imaginemos un ingeniero que diseña un puente que además, en uno de sus lados, tiene que sostener una torre de gran altura. Una vez construido el puente y la torre, cambiamos la altura de uno de los pilares esperando que no pase nada. Pues aproximadamente eso es lo que hacemos cuando elevamos nuestros talones sobre tacones.
El tacón, o la forma de la zapatilla con un cojín amortiguador en el talón, afecta al pié, evidentemente
más, cuanto más pronunciada sea la diferencia de altura entre la parte anterior y posterior. La distribución de peso cambia incrementándose el peso en la parte delantera. Exagerándolo, si nos vamos a los zapatos de aguja, que además casi por definición en su parte delantera tienen una forma triangular, todo el peso del cuerpo dirige hacia ahí. Así no resulta extraño que quienes se condenan a llevar dichos artilugios, suspiran por quitárselos a la menor ocasión. No resulta extraño pues que sean las mujeres que han llevado esas sillas de tortura las que tengan mayor índice de juanetes, deformidades de los dedos de los pies, dolores crónicos...
Pero no sólo los pies, al levantar de forma crónica el talón, las cadenas musculares cambian, el tendón de Aquiles y los gemelos se acortan, la dorsiflexión del tobillo se hace más complicada, pero sobretodo... cambia toda la dinámica postural. El apoyo del talón inclina nuestro cuerpo hacia adelante y por tanto, sólo para mantener el equilibrio hemos de compensar tirando del cuerpo hacia atrás. Si imaginamos una antena de televisión que se soporta por cables, si modificamos el ángulo de apoyo, tendremos que modificar la tensión de los cables y lo más normal es que, a la larga, la antena se deforma para adaptarse a las nuevas tensiones. En el cuerpo humano esa antena es la línea vertical desde el talón al cráneo, al modificar el apoyo, un montón de compensaciones deben ocurrir para mantener la postura erecta. Como el equilibrio ya nace "desequilibrado" las tensiones y/o dolores pueden aparecer en el lugar más inesperado, por ejemplo en las cervicales.
Rigidez y dureza.
Para más ahondamiento, además los materiales pueden ser muy duros, para evitar p.e. perforarnos el pié con un clavo y las suelas muy rígidas dificultando el movimiento natural del pié. Como resultado, nuestro pié, a nivel exterior, de la piel, es muy delicado y débil, pero a nivel de estructuras está completamente rígido y acartonado, no sabemos separar los dedos, o enviar uno hacia arriba y otro hacia abajo, o mover el tarso curvándolo.
Todo ello se agrava por el hecho de que además, el entorno que diseñamos es completamente contrario a lo que sería natural: superficies totalmente planas y uniformes, sin rampas ni pendientes, sino escalones, sin necesidad de hacer trabajar al pié y al tobillo a adaptarse al terreno ya que el terreno ya esta "domesticado". Ya sabemos, en un ámbito evolutivo y adaptativo, lo que no se usa se pierde.
De todo ello, no es extraño que hallamos perdido nuestros pies, o al menos, gran parte de sus funcionalidades, tenemos unos pies "inhumanos" por excesiva domesticación.
Las "soluciones".
Ya hemos dicho en algún lado que existen podólogos y muchos, pero nadie habla de "manólogos", porque tenemos muchos problemas de pies pero, comparativamente pocos de manos. Y a saber, cuantos de los problemas articulares que podamos sufrir (rodillas, caderas, columna...) están relacionados con una mala funcionalidad del pié.
Pero para eso somos inteligentes y así llegamos a diseñar calzado para combatir todos esos problemas: zapatillas amortiguadas con estabilizadores para combatir la promoción, la supinación, la ..., plantillas y calzado ortopédico, "colchones" de aire o gel para los pies, etc.
Aún así, todavía la mayoría de modelos siguen teniendo una horma con la puntera en forma triangular, conservan el desnivel del talón con respecto a la punta y, sobre todo las diseñadas para combatir problemas de pisada, siguen siendo rígidas y poco flexibles. Aunque, eso sí, tienen una estética atractiva y un precio desorbitado. O sea, que no llegan a "compensar" totalmente los problemas del calzado tradicional.
Christopher McDougall empieza su libro super ventas Nacidos para correr, preguntándose porque al correr se lesionaba pese a utilizar zapatillas de alta tecnología mientras que los indios Tarahumaras, corrían distancias increíbles calzados con unas sandalias huaraches, consistentes en unas finas y flexibles suelas, atadas al pié con un ingenioso sistema de cuerdas. En el libro se concluye, muy resumidamente, que las zapatillas modernas cambian la forma de la zancada y cómo tomamos tierra al correr, incrementando la deceleración del impacto del peso del cuerpo al aterrizar y por tanto el riesgo de lesión. Ya en los años 60 Abebe Bikila batía el récord mundial de maratón corriendo descalzo.
El problema de fondo es que al final, si las zapatillas son de alta tecnología, los pies, -y por ende los tobillos, rodillas, caderas...- se van convirtiendo en baja tecnología, van perdiendo su capacidad de soportar el peso del cuerpo al correr o caminar, dejando que el calzado haga la mayoría del trabajo, hasta que algún día, por errores en el diseño, desgaste, tallaje inadecuado..., aparece la lesión aguda o, lo que es peor, la lesión crónica por desgaste de el lugar en donde el impacto de la actividad se hace más evidente o donde la cadena es más débil.
Y. ¿Entonces?
Continuaremos en otro post... ;-)